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miércoles, 12 de noviembre de 2014

#LodeHoy Y Zuculini... ¿Por qué nord?


Las gradas de un estadio de fútbol se toman como nuestro balcón de casa, ese propicio rincón donde expresar lo que nos venga en gana, siempre que no se vulneren las leyes que nos rigen. Aquello del cliente y las razones.

El pasado domingo la Curva Nord desplegó en Mestalla un minimural -hace 18 días otro de mero apoyo incondicional- que rezaba "Y João... ¿Por qué no?", un lema con acentuado mensaje vindicatorio, una daga directa al corazón de la parcela deportiva del VCF. La grada de animación por excelencia, sabedora de su peso e importancia -no solo por el tono vertido por sus representantes en cada una de sus intervenciones públicas, sino por la profusión mediática por parte de prensa, club y jugadores-, utilizó su privilegiada posición para acaparar los focos y convertir en noticia general su incertidumbre particular. Caprichos de niño rico, del que se siente en un orden superior a la hora de forzar respuestas clasificadas.

Yo, primero de la lista en querer dilucidar el cãso Pereira -aunque hoy mi única inquietud reside en la que creo génesis del misterio-, me pregunto si estas reivindicaciones en formato pancarta apaisada extra -no comparable a la típica cartela de ese niño inquieto- siguen algún patrón común y objetivo o solo el arbitrio de aquellos considerados 'Uno di noi'. Sin violar precepto alguno de su decálogo fundacional y estando en su completo derecho, entran en una dinámica embarazosa, cruzando la delgada línea entre la duda razonable de aficionado y el comprometedor mecanismo de presión, bajo mi criterio, innecesario. Sin censurar su acción, libre y legal, ¿Cuál es la finalidad última? ¿Por qué no se hizo/hace en otros casos de semejante índole?

lunes, 6 de octubre de 2014

#LodeHoy Matrimoniados


El primer breve de la semana no podía estar sino orientado a la comunión afición-equipo, el motor para hacer de Mestalla feudo inexpugnable. Reminiscencia floreciente.

Los momentos previos que se vivieron en los aledaños del templo alcanzaron tasas cenitales de identificación y orgullo a unos colores, protagonizados por auténticos practicantes de la religión valencianista (aunque cuatro incívicos, los de siempre y que se filtran en toda afición, dieran la nota y mancillaran un recibimiento grandioso). Ese renacimiento es fruto del trabajo de una directiva volcada con el aficionado de a pie, por la etapa de mediocridad sufrida y consiguiente necesidad de querer creer y, cómo no, por la buena marcha del equipo, guarismos y sensaciones a pachas. Atmósfera respirable para recuperar sentimientos olvidados, conexionar filamentos sensoriales y grapar fisuras de un pasado que está empezando a difuminar el borrador nunista.

Y así, tras la etapa de cortejo de la temporada pasada, han vuelto a enamorarse el patrimonio de la entidad con los protagonistas de corto, fundiéndose en la ceremonia del respeto y la complicidad. La hinchada del Valencia, de las más exigentes a la par que agradecidas del panorama actual, es recompensada con el presente más primario; el compromiso por defender la zamarra blanquinegra. Ensartadas las alianzas, lo que lo deportivo ha unido, no lo separe lo social.